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La Primavera de Praga de 1968: el comunismo envió tanques contra la libertad

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A finales de la década de 1980, estimulados por la política aperturista de Gorbachov en la Unión Soviética, y sobre todo por los cambios que ocurrieron en la República Democrática de Alemania, un número creciente de ciudadanos tomaron parte en las actividades de protesta ejercidas por los sectores estudiantiles. El 17 de noviembre de 1989, la difusión pública de un vídeo que mostraba la brutal represión de una manifestación pacífica de estudiantes por el Ejército desencadenó grandes manifestaciones al mes siguiente que culminaron con la dimisión del gobierno comunista. Progresivamente, la mayoría de la población comenzó a mostrar su descontento hacia los políticos comunistas en el poder. Los dirigentes de la nueva organización, Foro Cívico y su rama eslovaca, Público Contra la Violencia, dirigidos por Václav Havel, negociaron en debates televisivos con el gobierno. Veintitrés días después del inicio de las manifestaciones, el gobierno comunista, esta vez abandonado por sus aliados soviéticos, dimitió.

La Primavera de Praga: una política de apertura sin abandonar el comunismo

Alexander Dubček

El 5 de enero de 1968, Alexander Dubček había sido designado secretario general del Partido Comunista de Checoslovaquia (KSČ), haciéndose con el poder en esa dictadura socialista. El nuevo mandatario inició un proceso de apertura denominado, en checo, como «socialismus s lidskou tváří» (socialismo de rostro humano). A partir de abril -motivo por el cual el proceso se acabó conociendo como la «Primavera de Praga»-, Dubček inició una tranformación del régimen comunista, con una cierta libertad de prensa, una mayor participación popular en la vida política, una limitada apertura a la iniciativa privada en la economía y también una política internacional de buenas relaciones con los países occidentales, pero sin romper los lazos con el bloque comunista. Incluso se habló de convocar a medio o largo plazo unas elecciones democráticas. Parte de la población checoslovaca no tardó en reclamar más. Una vez abolida la censura, en la prensa se empezaron a leer críticas al comunismo y a la URSS. El mundo cultural también vivió una cierta apertura. En este ámbito destacó la figura del dramaturgo Václav Havel, que tres años antes había escrito una comedia negra, «El Memorándum», que parodiaba la férrea burocracia comunista.

El enfado soviético y la Declaración de Bratislava

Los soviéticos y sus socios del Pacto de Varsovia se empezaron a incomodar. Sabían que el camino hacia la libertad es, necesariamente, una vía de escape de la opresión comunista, y no lo podían permitir. Recordemos que en 1956 la URSS ya había enviado sus tanques a aplastar la Revolución Húngara, y en 1961 Alemania Oriental se había convertido en una enorme prisión, levantando el famoso Muro de Berlín, construido con la excusa de ser un «muro de protección antifascista» pero que en la práctica tenía como fin impedir la huída de los súbditos de la RDA en esa ciudad. Pero además, los 1.382 kilómetros de frontera que separaban a la Alemania Federal de la mal llamada Alemania Democrática (que paradójicamente, era la más antidemocrática de las dos) estaban cubiertos con muros, alambradas, vallas, zanjas y campos de minas y eran patrullados por decenas de miles de soldados de la RDA. Durante su existecia, 140 personas murieron intentando huir a través de esta frontera hacia la Alemania libre.

Un soldado soviético persiguiendo a un joven checoslovaco que arrojó piedras contra los tanques soviéticos durante la invasión.
Un soldado soviético persiguiendo a un joven checoslovaco que arrojó piedras contra los tanques soviéticos durante la invasión.

En julio, el gobierno checoslovaco fue citado a una reunión con el gobierno soviético cerca de la frontera entre ambos países. La delegación checoslovaca prometió lealtad a sus aliados del Pacto de Varsovia al tiempo que defendió sus reformas, pero prometiendo frenar la deriva anticomunista que se estaba dando en el proceso mediante un mayor control de la prensa. El 3 de agosto, la URSS y Checoslovaquia y otras dictaduras del Pacto de Varsovia (Alemania Oriental, Bulgaria, Hungría y Polonia) suscribieron en la ciudad eslovaca de Bratislava una declaración en la que manifestaban su «lealtad al marxismo-leninismo», la doctrina oficial de la Unión Soviética desde los tiempos de Stalin. La declaración contenía una previsión amenazante para lo checoslovacos, pues además de comprometerse a la «vigilancia» contra las «fuerzas anticomunistas», el texto señalaba que sus firmantes nunca permitirían «que nadie separe una cuña entre los Estados socialistas ni socave los cimientos del sistema social socialista». El propio Alexander Dubček suscribió este texto, que era la sentencia de muerte de la Primavera de Praga.

 Manifestantes con banderas checoslovacas sentados  en la Plaza de Venceslao, junto al Monumento a San Venceslao en Praga,  esperando la llegada de los soviéticos (Foto: Leszek Sawicki / Radio Praha)
Manifestantes con banderas checoslovacas sentados en la Plaza de Venceslao, junto al Monumento a San Venceslao en Praga, esperando la llegada de los soviéticos (Foto: Leszek Sawicki / Radio Praha)

La ‘distensión’ y la indiferencia de Occidente hacia la Primavera de Praga

Sorprendentemente, los países occidentales no prestaron ningún apoyo a la Primavera de Praga. En parte, lógicamente, porque el régimen comunista seguía manteniendo su sistema de partido único y su alineamiento con el Pacto de Varsovia. Además, el presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, estaba centrado en la Guerra de Vietnam y no quería conflictos directos con los soviéticos en su área de influencia europea. En 1963, se había iniciado la llamada política de «distensión», tras la grave crisis de los misiles de Cuba. Fue establecida una línea de comunicación directa entre el presidente de EEUU y el dictador de la URSS (el popularmente conocido como «teléfono rojo»). Además, Estados Unidos, la URSS y el Reino Unido firmaron el 1 de julio de 1968 el primer Tratado de no proliferación de armas atómicas. A causa de esta política, tanto Estados Unidos como la OTAN dejaron el camino libre a que la URSS y sus socios invadieran Checoslovaquia.

Ciudadanos de Praga en la Plaza de Venceslao  (Václavské náměstí), sorprendidos ante la llegada de los tanques  soviéticos a la capital checoslovaca en la mañana del 21 de agosto de  1968. Al fondo de la plaza se ve el imponente Museo Nacional de Praga,  que fue acribillado por los tanques soviéticos al creer que se trataba  del Parlamento.
Ciudadanos de Praga en la Plaza de Venceslao (Václavské náměstí), sorprendidos ante la llegada de los tanques soviéticos a la capital checoslovaca en la mañana del 21 de agosto de 1968. Al fondo de la plaza se ve el imponente Museo Nacional de Praga, que fue acribillado por los tanques soviéticos al creer que se trataba del Parlamento.

El inicio de la invasión y la cínica justificación soviética

El 17 de agosto, el régimen soviético emitió una resolución prometiendo «proporcionar ayuda al Partido Comunista y al pueblo de Checoslovaquia mediante una fuerza militar», una ayuda que ni el Gobierno ni el pueblo checoslovacos había pedido. El dictador soviético, Leonid Brezhnev, anunció el día 18 a sus socios del Pacto de Varsovia que las operaciones militares comenzarían el 20 de agosto por la noche. Tal como anunció, la invasión comenzó en la noche del 20 al 21 de agosto. Como he señalado al comienzo, la URSS y sus aliados movilizaron una fuerza del tamaño necesario para afrontar una guerra. Alemania Oriental se retiró de la fuerza invasora a última hora, tras ser advertida por comunistas checoslovacos afines a Moscú de que la invasión de su país por soldados alemanes enardecería a la resistencia de la población checoslovaca, que todavía tenía muy presente la ocupación de su país por Alemania 30 años antes.

Václav Havel en una foto tomada en marzo de 1968.  Este dramaturgo checo se convirtió en la voz de la resistencia contra  la invasión con sus transmisiones de radio desde la ciudad de Liberec,  en el norte del país.
Václav Havel en una foto tomada en marzo de 1968. Este dramaturgo checo se convirtió en la voz de la resistencia contra la invasión con sus transmisiones de radio desde la ciudad de Liberec, en el norte del país.

Václav Havel: la voz de la resistencia desde Liberec

El 21 de agosto, Václav Havel iniciaba una serie de emisiones de radio desde una estación de la ciudad de Liberec, en el norte del país. En la primera emisión pronunció estas palabras: «Las unidades militares extranjeras entraron en Checoslovaquia en inmensos números, sin el conocimiento del gobierno. Están ocupando nuestros pueblos y ciudades, nuestras instituciones públicas, nuestros hogares, nuestras calles y carreteras; están disparando a la población civil, e incluso ha habido casos de saqueo. En Praga están arrestando a nuestros principales políticos que, hasta ayer, estaban a cargo del país, así como a escritores y trabajadores culturales que, en sus artículos, discursos y acciones públicas, salieron en apoyo de la libertad, la democracia y la soberanía en nuestro país». Así mismo, Havel añadía: «Cada voz de apoyo a Checoslovaquia hoy es importante. La gente camina por las calles con radios transistores pegados a sus oídos. Las transmisiones de radios libres que todavía están funcionando se pueden escuchar en las plazas públicas y en los altavoces de las calles. Estamos ansiosos de recibir noticias de cualquier tipo de apoyo que provenga de cualquier parte del mundo. Cada una de esas expresiones nos fortalece, y estamos agradecidos por cada una». De esta forma, la voz de Havel se convirtió en un medio para alentar a los checoslovacos a la resistencia.

Manifestantes con una bandera checoslovaca llena  de sangre, ante los tanques y blindados que intentaban alcanzar la sede  de Radio Praga.
Manifestantes con una bandera checoslovaca llena de sangre, ante los tanques y blindados que intentaban alcanzar la sede de Radio Praga.

Una sangrienta invasión con más de un centenar de muertos

Fue una invasión sangrienta: aunque Alexander Dubček llamó a su pueblo a no resistirse a los invasores, y aunque la mayoría de las muestras de rechazo a la invasión fueron no violentas, 137 checoslovacos murieron y varios cientos resultaron heridos al hacer frente a los soviéticos. Jóvenes y mayores acudieron a plantar cara a los tanques, algunos con palabras y otros a pedradas. Algunos carros de combate acabaron incendiados. Dubček fue arrestado la misma noche de la invasión y llevado a Moscú. Se le permitió regresar a Praga el 27 de agosto, y se mantuvo en su cargo hasta abril de 1969. A partir de la represión soviética de la Primera de Praga se volvió a imponer la censura, las obras de Václav Havel fueron vetadas y a él se le prohibió salir del país, siendo enviado prisión en varias ocasiones por su actividad en defensa de la libertad. Decenas de miles de checoslovacos huyeron del país hacia Occidente.

Una familia checoslovaca pasando la frontera en  su Fiat 850 en dirección a Berg, Austria, tras la invasión soviética de  su país. Decenas de miles de checoslovacos huyeron a los países  occidentales.
Una familia checoslovaca pasando la frontera en su Fiat 850 en dirección a Berg, Austria, tras la invasión soviética de su país. Decenas de miles de checoslovacos huyeron a los países occidentales.

Las reacciones internacionales

A pesar de la represión que existía en esas dictaduras comunistas, hubo pequeñas protestas contra la invasión de Checoslovaquia en las calles de Alemania Oriental, Polonia y la URSS. Las mayores protestas callejeras se registraron en Finlandia, país vecino de la URSS. En el terreno diplomático, emitieron protestas y condenas Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania Occidental, Francia, Italia, Canadá, Dinamarca, Grecia, Países Bajos, Bélgica… Incluso protestó la China comunista, que tachó de «fascista» a la URSS. Sin embargo, el propio régimen comunista chino enviaría a sus tanques a reprimir las protestas de la Plaza de Tiananmén en junio de 1989, provocando cientos de muertos y miles de heridos.

Un hombre checoslovaco encarándose con un tanquista soviético.
Un hombre checoslovaco encarándose con un tanquista soviético.

La reacción de los partidos comunistas

Una de las consecuencias internacionales más profundas de la invasión fue una fractura entre los partidos de izquierda. Los partidos comunistas de Italia, Francia e incluso España (que había apoyado la invasión germanosoviética de Polonia en 1939) rechazaron la invasión. Los partidos comunistas de Finlandia y de Grecia se vieron fracturados por la división entre partidarios y opositores. Los únicos Partidos Comunistas de Occidente que apoyaron abiertamente la invasión fueron los de Estados Unidos y Portugal (este último aún mantiene hoy en día unos planteamientos abiertamente estalinistas).

 Un joven soldado soviético en Praga, visiblemente  avergonzado ante las protestas de los ciudadanos checoslovacos (Foto:  Leszek Sawicki / Radio Praha)
Un joven soldado soviético en Praga, visiblemente avergonzado ante las protestas de los ciudadanos checoslovacos (Foto: Leszek Sawicki / Radio Praha)

Entre los críticos con la invasión surgió una corriente, denominada eurocomunismo, con la que en apariencia marcaron distancias respecto de la URSS, aunque en la práctica se mantuviesen fieles a Moscú: aún hoy el Partido Comunista de España sigue defendiendo a la URSS, a pesar de su desaparición hace 27 años. El eurocomunismo no sirvió para engañar al electorado occidental, que siguió identificado a esos partidos con las dictaduras comunistas, y esas formaciones han acabado siendo marginales en sus respectivos países, perdurando sólo gracias a tapaderas electorales que disfrazan su condición comunista (Izquierda Unida y Podemos en España, el Partito Democratico della Sinistra en Italia y Syriza en Grecia).

Tropas y blindados soviéticos intentando llegar  hasta la sede de la Radio Praga, en medio de una multitud de ciudadanos  que acudieron a manifestarse contra la invasión.
Tropas y blindados soviéticos intentando llegar hasta la sede de la Radio Praga, en medio de una multitud de ciudadanos que acudieron a manifestarse contra la invasión.

Los checoslovacos tuvieron que esperar 21 años para tener democracia y libertad, con la caída del comunismo, con la llamada Revolución de Terciopelo. El 29 de diciembre de 1989 Václav Havel se convirtió en el primer presidente de la nueva Checoslovaquia democrática. Hoy en día Eslovaquia y la República Checa, separadas en 1993, forman parte del Grupo de Visegrado junto a Hungría y Polonia: es el grupo más firmemente opuesto al comunismo -ideología totalitaria que tuvieron que soportar durante décadas- entre los países miembros de la Unión Europea. Sirva esta entrada como homenaje a los checoslovacos que se enfrentaron a la invasión comunista y a quienes murieron a causa de ella.

Václav Havel durante la Revolución de Terciopelo en 1989, que logró la caída del comunismo en Checoslovaquia.
Václav Havel durante la Revolución de Terciopelo en 1989, que logró la caída del comunismo en Checoslovaquia.

La elección de Václav Havel

La elección de Václav Havel como presidente de la República el 29 de diciembre de 1989 selló la victoria de lo que los medios de difusión internacionales denominaron revolución de Terciopelo. Los nuevos dirigentes del país iniciaron el proceso de democratización, al introducir una economía de mercado y reincorporarse a Europa. Se restablecieron la libertad en los medios de difusión y otras libertades políticas; se aprobaron las leyes para eliminar la herencia del comunismo del sistema jurídico, legalizar la propiedad privada e indemnizar a las víctimas del régimen comunista. En junio de 1990 se celebraron elecciones libres. Una de las primeras medidas tendentes a la introducción de la economía de mercado fue el plan de privatización garantizado que permitió a los ciudadanos a compra de bonos a muy bajo coste que podían ser cambiados por acciones en antiguas compañías estatales, ahora privatizadas. Casi todos los ciudadanos participaron en este plan.

Los nuevos dirigentes del país también reorientaron la política exterior de Checoslovaquia; establecieron buenas relaciones con Estados Unidos y con los países limítrofes occidentales, y mostraron su interés en incorporarse a instituciones occidentales como la UE y la OTAN. Sin embargo, los dirigentes checos y eslovacos eran incapaces de ponerse de acuerdo sobre la división de poder entre los gobiernos federales y el gobierno central de la República.

La campaña del dirigente nacionalista eslovaco, Vladimir Meciar, por una Eslovaquia independiente impidió la adopción de una nueva constitución y dificultó las reformas económicas. Estas tensiones reflejaban el hecho de que la reforma económica creaba mayores dificultades en Eslovaquia, ya que la mayor parte de las industrias menos eficaces del país se localizaban allí. Los sondeos de la opinión pública mostraron que la mayoría de eslovacos, bajo la influencia de Vladimir Meciar, deseaban la independencia de su país.

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